Ángela era la hija natural de Antonia Oviedo. Su madre tenía una personalidad muy particular, demostraba tener una gran rapidez para aprender, le gustaba mucho leer, contaba con una gran memoria, pero siempre actuó como si fuera una ignorante. Antonia era soltera, había completado sólo la escuela primaria porque la pobreza en la que vivía la obligó a trabajar desde temprana edad. Supe que fue portera de escuela y empleada doméstica en una casa de una familia “bien” de Córdoba. Quizás esa no era la vida que soñaba, si es que en su condición se permitía tener sueños, y se refugió en la bebida.
Borracha, una noche como tantas, engendró a Ángela. No se entendía, Antonia era una mujer muy leída a pesar de la escasa educación que había recibido, pero no tan inteligente o astuta como para evitar tener un hijo no deseado. Ángela finalmente llegó al mundo. Nació en la habitación de un conventillo de Alberdi, un barrio muy tradicional de la ciudad de Córdoba, frente al cementerio. La pieza en la que vivían era pequeña, pero había lugar para todos. Para Ángela, para sus abuelos Angélica y Segundo Oviedo, su tía Magdalena apodada Ñata, y para Antonia, su mamá.
Ángela tuvo una infancia dura, parecía como si la vida se hubiese ensañado con ella. Su madre había acumulado muchas horas de lectura pero no había aprendido nada. Bebía cada día más. Lo poco que ganaba lo tiraba en bebida, aunque su hija se pasara la tarde sin un vaso de leche. Para suerte de Ángela ahí estaban sus abuelos y su tía Ñata, para que no le faltara el alimento básico que necesita un niño.
Antonia seguía sin aprender. Después de Ángela vinieron cuatro hermanos más, todos hijos naturales. Ningún apellido paterno y menos aun, ninguna figura de padre que los eduque. Con el correr de los años Ángela tuvo que hacerse cargo de sus hermanos.
Eran otros tiempos pero la vida seguía siendo dura. Hizo que Angelita creciera de una bofetada. Con sólo diez años bastaba con que le fuera bien en la escuela, debía preparase para la comunión y hacer la comida para sus hermanos. Sin parir aún fue una madre precoz, debía organizar una casa y criar niños a su temprana edad. No había derecho.
Podría decirse que su vida era un infierno para una niña de diez años como ella. Lo que vivía a diario no era lógico. Lo normal para su edad y para la época era ir al colegio, hacer los deberes, jugar y tomar la merienda. Pero no, la niñez de Ángela fue bastante diferente. Era hija natural.
Ángela se crió sin mentiras. Pero la realidad la sacudía con demasiada dureza. Quizás hubiera sido mejor que no supiera quien era su padre. El día en que el ruso, como le decían, le propinó un escupitajo cuando ella se acercó con cualquier excusa, no le hubiera dolido tanto. La verdad era esa, ella sabía perfectamente quien era su padre, donde vivía y como se integraba esa parte de la familia que él le había negado.
El abuelo Segundo falleció. Era un hombre de inmensa bondad. Lo poco que ganaba era para sus nietos. Tía Ñata se casó con un policía y escapó en cuanto puedo de la habitación del conventillo, pero la pieza seguía estando allí para albergar a la abuela Angélica, Antonia, a Ángela y sus cuatro hermanos, Patricia, Ricardo, Gustavo y Silvina.
Las ausencias comenzaron a hacerse notar, el sueldo del abuelo ya no estaba y los pesitos que aportaba Ñata tampoco. Era necesario parar la olla y todos dependían del dinero de los lavados a mano que hacía la abuela para afuera y de lo poco que le sobraba a Antonia luego de comprar alcohol y revistas de entretenimiento.
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